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Lugares

Hay lugares donde es maravilloso perderse, y tú eres uno de ellos. Hay lugares, donde pase lo que pase, -llueva, truene o haga frío- nos sentimos protegidos. Hay lugares que no dejan de permitirnos ser nosotros mismos. Hay lugares que, joder, nos hacen brillar por dentro. Hay lugares repletos de rincones dispuestos a enamorarnos. Y hay rincones que nos brindan momentos únicos. Hay rincones sorprendentes, extraordinarios, de los que no precisan filtro alguno. Hay rincones únicos para cada par de ojos existentes.

Llovía fuera

Le encantaba ver como llovía y escuchar las gotas llamando a su ventana. Le gustaba desde pequeña, y hoy cuando escucha llover, le invade la nostalgia y a veces, le acompaña la inspiración. Cuando llueve se enamora. Cuando llueve, le resulta inevitable apartar un poco la cortina, y observar desde su cama qué ocurre fuera. Mira esa chica de ahí. Va pendiente del móvil. Y haciendo malabares para poder sujetar el paraguas, mojándose cuanto menos. Le deben estar contando algo gracioso. Llueve, pero mira como ser ríe.

Desde entonces.

Me gustan los días de frío. Sí, aunque me queje. Es que, a veces, también soy algo contradictoria. Me gustan esas mañanas en las que abres los ojos, estiras el brazo para coger el móvil y darle los buenos días, y solo con ese gesto sabes que como muevas un solo milímetro más de tu cuerpo, pasarás a sentir todo ese frío que ha invadido tu cama. Y entonces, entonces lo echas de menos. Echas de menos esos abrazos, esos que hacían que el frío no existiera una mañana de enero.

Soltarte

Viajé a Andorra, y conocí el verdadero frío. Viajé una primavera a hablar francés en Toulouse, a Ginebra a comprobar eso que decían del delicioso chocolate suizo, y a Barcelona para culminar. Viajé a Venecia –en dos ocasiones –, en la primera me enamoré, en la segunda cumplí la promesa de que volvería. Viajé a Pisa, Florencia y Roma, dos palabras: che belleza! Viajé a Madrid, allí conocí la ciudad donde no me gustaría vivir.

Para todo

Se deseaban por encima de todo. Se querían, se adoraban. Para todo. Para pasar una noche de verano mirando las estrellas, escuchando el mar. Para competir todo un verano por ver quién se pone más moreno, respuesta que era más que obvia. Para compartir aquellos sentimientos, aquellos que no compartirían nunca con nadie más. Para compartir miles de tardes de peli, sofá y manta, porque mejor que en casa y con buena compañía, en ningún sitio. Para convertir cualquier día en un 14 de febrero, de esos que muchos esperan con ansia para celebrar.

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Caminos bifurcados. Ideales truncados. Sueños a medias. Decisiones erróneas. Momentos imaginarios. Realidades confusas. Decisiones por llegar. Largos caminos que recorrer. Recuerdos de do a mi. Sueños por escribir. Presente. Pasado. Futuro que vendrá. Pero ahora recuerda que William Faulkner dijo que “El pasado nunca muere, ni siquiera es pasado”. 

Tarde

Una cabellera negra, larga, voluminosa, completamente lacia recaía sobre su espalda, cubriéndola casi en su totalidad. Los primeros rayos del sol se reflejaban en su blanca y fina piel. Qué bonitos eran los amaneceres desde la cama, mientras ella estaba acurrucada en su hamaca, su rincón favorito.                 Le hacía ser capaz de enamorarse cada mañana, y lo hacía de una forma especial. Cada día al alba lo esperaba sobre la hamaca, haciéndose la dormida, para que cuando abriera los ojos corriera a despertarla con el asalto de cosquillas diario. Después, tranquilamente, solían tomar un desayuno al sol, hablaban, reían, seguían soñando, pero despiertos. Un día gris, todo terminó, por haber omitido aquel ataque de cosquillas diario, por haber dejado de desayunar al sol cada mañana, por haber dejado de hacerla reír, por haber dejado de soñar. Y entonces, percibió que sin ella nada tenía sentido. Seguía...